
Lisboa es una capital hermosa que te atrapa el corazón.
En ella se encuentran algunas de las calles más bellas del mundo y toda la urbe está bañada de una lluvia de melancolía (“saudade”) que baña al visitante en una turbulencia de añoranzas, recuerdos y evocaciones.
Esta es una capital para pasear lentamente, para perder el tiempo a conciencia, para disfrutar de su gastronomía y para comprar en algunas de las tiendas más encantadoras de Europa. La ciudad es una mezcla única, mestiza y en ocasiones abigarrada de lo mejor del viejo continente, de África y América, y esta mezcolanza fantástica se refleja en sus gentes, en su arquitectura, en su carácter y en su cultura.
En mi opinión, Lisboa, a pesar de contar con excelentes cronistas, de Pessoa a Tabucchi, es una de las ciudades más complicadas de describir pues su verdadero encanto es algo que trasciende la magia del Chiado, del Barrio Alto, de la Alfama, de la Plaza del Comercio o de la Avenida da Liberdade para convertirse en un auténtico sentimiento. Tan difícil de narrar como la extrañeza de la "saudade" o el poder evocador de un fado.
En ella se encuentran algunas de las calles más bellas del mundo y toda la urbe está bañada de una lluvia de melancolía (“saudade”) que baña al visitante en una turbulencia de añoranzas, recuerdos y evocaciones.
Esta es una capital para pasear lentamente, para perder el tiempo a conciencia, para disfrutar de su gastronomía y para comprar en algunas de las tiendas más encantadoras de Europa. La ciudad es una mezcla única, mestiza y en ocasiones abigarrada de lo mejor del viejo continente, de África y América, y esta mezcolanza fantástica se refleja en sus gentes, en su arquitectura, en su carácter y en su cultura.
En mi opinión, Lisboa, a pesar de contar con excelentes cronistas, de Pessoa a Tabucchi, es una de las ciudades más complicadas de describir pues su verdadero encanto es algo que trasciende la magia del Chiado, del Barrio Alto, de la Alfama, de la Plaza del Comercio o de la Avenida da Liberdade para convertirse en un auténtico sentimiento. Tan difícil de narrar como la extrañeza de la "saudade" o el poder evocador de un fado.

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